La Iglesia Católica a nivel mundial ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos y a los grandes movimientos que van surgiendo a través de la historia. También en Latinoamérica y el Caribe, la propia realidad ha ido obligando a la comunidad eclesial a dar respuestas originales, especialmente desde la vivencia de la propia fe y la situación social, política, económica, cultural y tecnológica. Hasta el  Concilio Vaticano II (1962-1965) los teólogos latinoamericanos habían hecho muy pocos aportes a la iglesia universal. Fue sin duda la segunda Conferencia General del Episcopado  Latinoamericano  en Medellín (1968), que dio inicio a un interés desde las propias raícese y realidad. Desde entonces el interés entre el pecado, la justicia y la pobreza en  nuestros pueblos latinoamericanos cobró un gran impulso con grandes teólogos, sobre todo,  a partir de los años  70. Surge entonces,  la necesidad de generar una teología de la liberación, especialmente Gustavo Gutiérrez con la publicación de su obra en 1971. Fue fundamental además, la obra sobre  historia de la Iglesia en América Latina de Enrique Dussel en 1974, seguido de autores como Leonardo Boff, John Sobrino  y otros teólogos que fueron enriqueciendo esta línea nueva y renovadora.  Unido a esta perspectiva de la atención integral del pueblo de Dios, No es menos cierto, que esta línea teológica-pastoral ha sido tergiversada y politizada.

Sabemos que la Historia de la salvación es un llamado constante a la santidad.  El Señor lo señala claramente en su Palabra cuando nos recuerda el primer mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento”. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu  prójimo como a ti mismo” ( Dt 6, 4; Lev 19,18; Mt 22, 34-40); y luego es bastante expresivo cuando afirma: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). Una referencia doctrinal insuperable a este deseo de Dios para su Iglesia, está expresado en el capítulo V de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Vocación Universal a la Santidad en la Iglesia.

No basta con reflexionar teóricamente sobre qué es la santidad, sino sobre todo, de convencerse y vivirla a plenitud, ya que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; estamos,  por tanto, llamados a unirnos lo más posible a su naturaleza divina, en cuya fusión seremos restaurados, siguiendo el eco de la Teósis de los Padres de la Iglesia: “Jesucristo se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”. Esto se entiende mejor cuando señalan: “se puede lograr en la medida que se restaura en nosotros la dignidad primitiva que se perdió por el pecado original”.

Basándonos principalmente en la Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, en la Exhortación Apostólica Pastores Gregis, y en muchos otros documentos anteriores, del Papa Juan Pablo II, en la encíclica Deus Caritas est  de Benedicto XVI y Evangelii Gaudium; Amoris Laetitia  y Lodato sii del Papa Francisco, podemos afirmar que hemos entrado al siglo de la urgencia de santificación en la Iglesia, en el siglo místico del que hablaba el teólogo Karl Rhaner:  “el cristiano del tercer milenio será místico o no será cristiano” Precisamente, haber desligado la Pastoral en muchos casos de la ascética y de la mística, y viceversa, quedándonos desprovistos de toda profundización humano-espiritual y por ende, la ausencia de la búsqueda de la santidad,  es el motivo de tantos vacíos y fracasos pastorales. Nos hemos creído la falacia de que “lo espiritual y lo místico” era o es, sólo para algunos “seres especiales”, que se llamaron santos, para los monjes y religiosos, pero que no compete a  toda la Iglesia, “a todo bautizado” en el aquí y en el ahora. Pensar de esta manera, denotaría un desconocimiento o indiferencia  a la Palabra de Dios,  a los Documentos de la Iglesia, y hasta de su misma historia.

Hoy, cuando se habla en muchos países, sobre todo europeos y hasta latinoamericanos, de post-cristianismo, la Iglesia necesita centrar más que nunca toda su actividad, desde  una pastoral cimentada sobre las sólidas bases de un proceso de crecimiento humano-cristiano, donde tome fuerza y se equilibre integralmente toda la  Pastoral eclesial. Hablar de Pastoral de la santificación y de santificación en la Pastoral,  no es algo nuevo; es tan antiguo como la Historia de la Iglesia, y está en la raíz de su experiencia original. Para llevarla a cabo, sólo se requieren cristianos que estemos convencidos y dispuestos para poder llevar adelante una metodología “Concreta y Constante” en total fidelidad y sintonía con la Iglesia. Si tuviéramos que hablar de novedad radicaría, en todo caso, en la capacidad de creatividad y de perseverancia.

Sobre la base de estos argumentos, se puede hablar con propiedad de una Pastoral de la Santificación y de una santificación desde y en la pastoral, que nos lleve, a su vez, a la vivencia de una espiritualidad de comunión, pero sustentada sobre firmes criterios que, lejos de seguir improvisando, nos permitan una verdadera preparación, madureztestimonio-acción  tanto a nivel personal, como en nuestro quehacer social y eclesial.

Estas reflexiones van dirigidas a todo cristiano que esté en la búsqueda profunda de su fe,  que “no se conforma con la mediocridad porque es exigente”. Van también dirigidas a aquellos hermanos que están alejados de la fe, a quienes estén cerrados o que simplemente estén recorriendo un camino equivocado. Los destinatarios principales de estas líneas de reflexión somos los Pastores, padres de familia y todo líder cristiano que tenga bajo su responsabilidad la guía humano –espiritual de otras personas.

Se intentará expresar en esta “synthesis brevis”, algunas ideas que nos pueden ayudar a reflexionar  y a sacar nuestras propias conclusiones y aplicaciones pastorales que iluminen nuestra realidad latinoamericana. En este caso concreto, no pretendemos, ni imponer unos criterios, que en lo circunstancial podrían variar, ni  proponer una estructura funcionalista más; se pretende más bien animar a una vivencia, a un convencimiento, a  asumir una actitud definitiva de total adhesión a la acción de la Gracia, que permitirá una pastoral centrada y santificadora, por tanto realmente evangelizadora. Por esta razón, queremos resaltar medios de crecimiento que aunque son tradicionales(1) se han abandonado, pero que son necesarios para la santificación personal y comunitaria, tales como: los retiros espirituales, la dirección espiritual, la lectura espiritual y bíblica, la corrección fraterna, la vida comunitaria y un apostolado fruto de la Caridad. Todo en función de poder dar testimonio ante la familia y la comunidad eclesial en Latinoamérica.

Los temas están fundamentados en la Palabra de Dios, en la patrística, documentos del Magisterio y autores diversos mundiales y latinoamericanos, correlacionados a los aportes del autor en una perspectiva teológico-espiritual y pastoral.

Es nuestro deseo presentar un proyecto que inspire líneas teológicas que puedan enriquecer nuestra actividad eclesial particular en Latinoamérica y el Caribe.

Los  testimonios de la historia demuestran que el Espíritu Santo ha suscitado grandes movimientos teológico,  movimientos de espiritualidad y experiencias sociales para mantener a la Iglesia en esta dirección, especialmente durante tiempos de crisis.

Una teología de la santificación desde Latinoamérica y el Caribe está en la raíz de su experiencia original. Implica abordar al pueblo cristiano desde su propia cultura e inculturación, valores y antivalores,  la realidad del pecado personal, comunitario; las estructuras de pobreza, injusticia y discriminación, las ideologizaciones  socio-políticas, la economía y la explotación, la migración y transculturización la cibernetización, el esoterismo religioso y la secularización, la familia y el valor de la vida, el subdesarrollo y la cultura urbana, la descristianización y el post cristianismo, una bioética ecológica, la realidad de las auténticas comunidades cristianas, ecuménicas y dialogantes. Podríamos decir que una teología de la Santificación en Latinoamérica y el Caribe, implica una visión holística de la religión, la fe, la familia, la sociedad, el continente y el mundo, donde lel pecado estructural, la pobreza y la miseria son erradicados, y  sustituidos por los valores y acciones coherentes de la caridad y la comunión cristianas.

La Realidad del Mundo y de la Iglesia en Latinoamérica, el Caribe y el Mundo en la Actualidad: Retos y Motivaciones

La santidad no se puede entender desencarnada de la realidad, ya que la búsqueda de la perfección personal y comunitaria tiene que repercutir necesariamente sobre el entorno, y a todos los niveles del desarrollo de la vida humana(2).

Los cristianos estamos llamados a ser “constructores de la plenitud humana y receptores dóciles de la vida divina(3)”. Esto se justifica cada vez más ante la situación compleja del mundo y de la sociedad, a lo cual, no podemos ser indiferentes. Sin embargo, nuestra intervención en el mundo debe ser desde el seguimiento radical de Jesús, en actitud constante de conversión, enriqueciendo nuestra vocación humana, viviendo el amor de Dios y de los hermanos en la fe, conscientes de que debemos prepararnos y estar en espera continua  del cielo nuevo y la tierra nueva… la ciudad santa, la nueva Jerusalén(4), sabiendo además, que Jesús está vivo y desea invadir el mundo entero de su presencia purificadora y renovadora.

Un cristiano centrado sabe reconocer los signos que indican que Dios no es amado, ni obedecido. Por tanto, es fácil saber el origen de tanta indiferencia, el por qué de tantas estructuras de pecado, que dejan lugar libre a la acción del mal en el mundo. Para constatar esto, basta con observar a nuestro alrededor y darnos cuenta de la veracidad de los hechos. Pensemos por ejemplo: en el gran sufrimiento e injusticias vividas por millones de migrantes en el mundo;  la gran pobreza material que afecta a los más pobres, la marginalidad y las condiciones infrahumanas en que vive un gran porcentaje de la humanidad; corrupción moral a todos los niveles: pansexualismo y comercio pornográfico avasallador, prostitución aberrante, corrupción generalizada, infanticidio desmedido (el aborto especialmente), modas indecentes y alienantes, drogadicción, delincuencia desenfrenada. Por otro lado, proliferan los atentados terroristas; la globalización económica neoliberalista y en todos los sectores; la violación a los derechos humanos, la caída de la economía mundial (crisis bursatil); crisis política, indiferencia y sincretismo religioso, gran influencia de la nueva era y del llamado proyecto del nuevo orden mundial, promovido por la masonería y los grandes movimientos satánicos; la gran discriminación y exclusión de grandes sectores marginados de la sociedad. Estas, y muchísimas realidades más, requieren respuestas radicales y firmes de cristianos que como atletas de Dios, estemos centrados  en los criterios  Evangélicos.

Ante estos retos tan gigantescos, sólo podrán responder con las armas de la fe(5), quienes estén en camino seguro de santidad. Los cristianos no podemos actuar como simples trabajadores sociales o como defensores obsesivos de los derechos de los pobres y desposeídos, sin estar movidos por la “perfecta Caridad”. Esta es, la que  nos diferenciaría,  de los ateos y de los masones, que también se dedican a la beneficencia, y a la acción social, pero movidos por sentimientos de altruismo, filantropía e intereses meramente humanos(6). El imperativo del Señor para el juicio final, señalado en el evangelio de san Mateo(7), supone el cumplimiento de todos los mandamientos, partiendo de amar a Dios, sobre todas las cosas. Se sigue hablando de liberación social, pero no se busca combatir efectivamente la mayor esclavitud, que es el pecado. Se pretende hablar de la resurrección y la eternidad, soslayando la pasión y muerte del Jesús. De lo anterior se entiende, la existencia de una cultura light, de antivalores, facilismo, poca exigencia, de rechazo a las normas, seguimos colocando pañitos de agua tibia que conducen a la superficialidad espiritual, quedándonos muchas veces en una complacencia sentimentalista, pero que no mueve a la conversión. Esta actitud podría reflejar cierta subestimación hacia las personas que tenemos bajo nuestra responsabilidad, no les exigimos porque pensamos que no tienen la capacidad de cambiar y de allí viene entonces, el estancamiento y por ende, la ausencia de crecimiento  personal integral.

Otro aspecto y no menos importante son los retos , el deterioro del planeta y astronómicos. La creación de Dios implica también la inmensidad del universo, su movimiento y sucesos, nos afecta directamente.

A nivel eclesial, se habla de crisis matrimonial, por tanto, se deben rescatar los valores de la familia a ejemplo de la sagrada familia de Nazaret; percibimos que hay crisis en la vida de un número importante de sacerdotes, religiosos, religiosas y consagrados en general, urge por tanto, renovar el estilo de vida y reforzar la formación integral; a los laicos se les percibe en general con una fe inconsistente y hasta distorsionada, esto se debe en parte, a que muchos están como ovejas sin pastor y en otros casos, por desobediencia a la Palabra y a la Iglesia.

Hoy, el Espíritu Santo está soplando vientos fuertes de renovación eclesial: el Papa ha hablado insistentemente de la necesidad de introducir en la Iglesia, una pastoral de la santidad; en la vida religiosa se está hablando de la necesidad de refundar; en muchos lugares hay deseos profundos de renovación y cambio(8); para esto, se debe partir de la principal urgencia, sin la cual, perdemos el horizonte: vivir el llamado universal a ser santos. Este es el punto de partida, sin cuyo convencimiento nos quedamos sin plataforma. La mayor dificultad es, que algunos miembros de la Iglesia no están acostumbrados(9), ni conscientes de que el Señor espera nuestra correspondencia en la búsqueda de la santidad. En esta disposición sincera, recibiremos los dones necesarios para responder a los retos y problemas de la sociedad y de la Iglesia. Por tal motivo, no hay que tener miedo, ya que, cuando se habla de exigencia, de entrega, de vida espiritual, de ascética, mística, santidad, no significa un desplante del mundo, sino por el contrario, un saber estar en él, pero “santificados en la Verdad(10)”. Trágico sería estar inmersos en una pastoral vacía de testimonio personal y desligada de la vida divina, donde ni siquiera para la oración haya el tiempo necesario. Si Dios perfecciona  e invade todo, estando nosotros unidos a él, seremos auténticos agentes de transformación de la familia, de la Iglesia, de la sociedad y del mundo.

Es apremiante buscar el equilibrio entre la teoría de lo que debemos hacer, partiendo de las Sagradas Escrituras, de la Tradición, del Magisterio, del desarrollo teológico-espiritual legado a través de la Historia de la Iglesia, y por otro lado, reforzar el testimonio de una vida coherente y dócil a las inspiraciones Divinas. La gran catástrofe sería vaciar de verdadero contenido aquello que es “esencial a la fe y al Evangelio(11)”, que no puede parcializarse, ni perder su eficacia en ningún ambiente cultural, ni ante estructuras socio-económicas y políticas diversas, ni mucho menos, ante cualquier grupo o espiritualidad determinado. En esta misma línea, es preocupante que algunos miembros de la Iglesia se consideren o sean calificados como de línea conservadora o liberal(12), intentando reafirmar elementos tradicionales por un lado, o de modernizar demasiado la fe por otro, poniendo en duda muchas veces, principios fundamentales que ninguna época, ni crisis por muy fuerte que hayan sido, han podido obviar, ya que son como antídoto definitivo para los virus que atentan contra el depósito de la fe(13). Esta mentalidad nos lleva a despreciar el valor de la espiritualidad cristiana y a pregonar una fe activista y superficial. La actitud correcta está en saber percibir con equilibrio la Verdad del Evangelio, que es una e indiscutible. Debido a que cada época histórica presenta exigencias propias, ciertamente son necesarios los nuevos métodos(14) y estrategias, pero sin desdeñar lo sustancial; la prueba de fuego está en que en la vida ordinaria, en la unión íntima con Dios, en el cumplimiento de los deberes, en la fidelidad total, y se demuestre que se ama a Dios sobre todas las cosas y al hermano, no como un objeto, sino como hijo de un mismo Padre.

A pesar del panorama anterior, que no es exagerado, ni mucho menos ficticio, es motivante, por otro lado, el saber que existen personas, movimientos, experiencias diversas de crecimiento y renovación humano – espiritual, que han sido y seguirán siendo impulsadas por la acción de Dios, Uno y Trino. La Providencia Divina ha guiado la historia de la salvación y  la conducirá hasta los últimos instantes de la consumación del tiempo, para dar paso a la eternidad.

  1. El peso específico de la fe descansa en el concepto de: Palabra escrita y traditio (parádosis, en griego). No se debe entender como excusa , sino como afirmación de fe.
  2. Cf. 1Tes 4, 3: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación…”  y también: 1Pe 1,15; 1Tes 5,  18.
  3. Esta idea es muy común en los escritos de los Padres de la Iglesia, especialmente, san Cipriano, san Juan Crisóstomo, san Gregorio de Nisa, entre otros.
  4. Cf. AP 1, 1-2.
  5. Cf. Ef  6, 11ss.
  6. La filantropía se refiere a un amor al hombre en cuanto tal, según la etimología griega; mientras que la caridad, del griego agape, se refiere al amor cristiano, amor de Dios y hacia Dios reflejado en los hermanos.
  7. Cf. Mt 25, 31-46.
  8. Cuando se habla de renovar y refundar no se puede entender como simple cambio de estructuras o métodos. El punto de partida debe ser:  volver a las raíces de las exigencias de la consagración bautismal, que implica amor, entrega, fidelidad, confiabilidad, servicio, correspondencia totales a la Palabra de Dios a través de la Iglesia. Toda renovación debe partir de una promoción explícita y vivencia de la santificación desde el punto de vista teórico y práctico, sobre la base de un proceso serio  de crecimiento humano espiritual integral.
  9. Lo mismo pasa en el mundo del liderazgo, donde algunos no están acostumbrados a un ambiente donde se espera excelencia, tal como lo expresó Stephen Jobs, el joven fundador de Apple Computers. Así podemos decir que no estamos acostumbrados a una Iglesia donde se espera de sus miembros,  sobre todo, santidad de vida.
  10. Cf. Jn 17,17.
  11. Se percibe una tendencia constante en algunos teólogos y pensadores contemporáneos a desvalorar, por ejemplo la elaboración medieval sobre las virtudes. La pregunta es ¿ Cómo se piensa en combatir los vicios del mundo, sin inducir a los cristianos a una vida virtuosa?
  12. A mi modo de ver es impropio considerar  que exista una Iglesia liberal y otra Iglesia conservadora, ya que la Iglesia de Cristo  es una, santa, católica y apostólica. Toda pretención que exceda estas notas, se ubica en el plano de los intereses creados y de la distorción de la verdadera misión de la Iglesia.
  13. Se refiere a las verdades que Dios ha confiado a la Iglesia para que las transmita fielmente de generación en generación.  Cf. Canobbio  Giacomo (1992).  Pequeño diccionario de teología. Edic. Sígueme, Salamanca, 93.
  14. Cada época exige una  respuesta teológica a los problemas del mundo y por tanto, se proponen métodos y adaptaciones que en muchos casos no funcionan, porque no nos convencemos que ningún método puede dar respuesta efectiva a los problemas de hoy, si no partimos de la santidad de vida, expresada en testimonio personal y eclesial, sin esto, cualquier estrategia, por muy práctica que parezca se queda en una teoría más.